viernes, 7 de abril de 2017 | By: S

Salvo que no era una mujer, era una sirena.

Llovía con fiereza, la clase de lluvia que hacía temblar las paredes de su casa y asustaba a los niños pequeños hasta el punto de hacerlos llorar. El viento golpeaba con fuerza las débiles ventanas de cristal, provocando un constante rechineo en todas y cada una de las juntas. Los relámpagos iluminaban el salón casi tanto como lo hacía la chimenea encendida, y Daniel pensó que era la noche perfecta para ir a visitarla.
La casa estaba tranquila, sus padres y sus hermanos dormían en sus camastros y él se levantó del suyo intentando no hacer ruido. Pero la cama era tan vieja que no pudo evitar que el somier se quejara bajo su peso. Rápidamente y en la oscuridad, se vistió con todas las capas de ropa que tenía, además del gorro y la bufanda de lana que le había hecho su madre. Sin olvidarse de coger el zurrón y la concha de mar que ella le había regalado, se hizo con una linterna de gas, se abrochó la capa y se puso la capucha antes de salir.
El viento era más fuerte de lo que parecía desde el cálido interior de su casa, y la lluvia era tan intensa que la luz que llevaba apenas le dejaba ver dos pasos por delante de él, pero eso no iba a detenerlo; se ajustó la capa al pecho con una mano y con la otra levantó el faro para ver el camino.
Daniel bajó a trompicones por la calle empedrada.  Desde allí, apoyándose en la barandilla de piedra que evitaba que los niños más pequeños se cayesen al mar, podia ver las furiosas olas golpeando contra el acantilado. 
No se dirigió al faro, como lo había hecho las últimas veces que se habían encontrado. Era su guarida secreta, su escondite, y su paraíso. Pero el faro estaba rodeado de piedras puntiagudas, y el mar estaba muy revuelto. No, no el faro, pensó, la playa.
Ella no podría acercarse a la orilla, pero podría subirse a las rocas que se internaban en el mar como una lengua negra que intentaba saborear la sal, los moluscos y los pececitos que nadaban bajo ella. 
Daniel empezó a escalar, con cuidado, y andó con todavía más cuidado sobre la superficie de las rocas. En la cima eran planas, pero puestas precariamente una junto a la otra. Algunas se movían con el peso de su pie, y Daniel rectificaba su paso para apoyarse en una roca más grande, segura y sólida. Desde donde estaba, las olas que rompían contra las rocas lo chopaban entero, y la espuma que se colaba entre las grietas de las mismas lo confundía y las hacía resbaladizas, haciéndole caer más de una vez. 
Cuando llegó al final de la lengua, Daniel sacó la concha de mar y sopló. La primera vez que la utilizó, creyó que estaba rota, o que ella no lo oiría, pues de la concha no salió sonido alguno. El aire circulaba por dentro, rápido y ligero, llenando cada rincón con su aliento. Pero no emitía ningún sonido. Sin embargo, una hora después, ella emergió del agua como una sombra de agua hecha princesa. Su cola resplandeciendo bajo el agua a la luz del sol. La concha funcionada, y ella rio al explicarle que no hacía falta que soplara diez veces, con una bastaba. De modo que Daniel sopó, una, dos y tres veces. Y luego la guardó en el pequeño macuto que había llevado y se quedó esperando, temblando de frío, intentando mantener el agua alejada de su cuerpo a base de ceñirse la capa. Pero ésta estaba empapada, todo él estaba empapado, y sus pies estaban tan fríos y mojados que no los sentía. Pero valdría la pena. Siempre valía la pena ver sus ojos, azules como el mar, y su pelo moreno cayendo en cascadas por su espalda y sus pechos, cubriéndolos. A veces, se lo engalanaba con perlas del mar y estrellas vivas. A veces, se colocaba algas alrededor de la cola para adornarla. Ella decía que la hacía nadar más deprisa. A veces, no se adornaba con nada, y a Daniel le parecía la mujer más bella del mundo. Salvo que no era una mujer. Era una sirena. 

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