Llovía con fiereza, la clase de
lluvia que hacía temblar las paredes de su casa y asustaba a los niños pequeños
hasta el punto de hacerlos llorar. El viento golpeaba con fuerza las débiles
ventanas de cristal, provocando un constante rechineo en todas y cada una de
las juntas. Los relámpagos iluminaban el salón casi tanto como lo hacía la
chimenea encendida, y Daniel pensó que era la noche perfecta para ir a
visitarla.
La casa estaba tranquila, sus
padres y sus hermanos dormían en sus camastros y él se levantó del suyo
intentando no hacer ruido. Pero la cama era tan vieja que no pudo evitar que el
somier se quejara bajo su peso. Rápidamente y en la oscuridad, se vistió con
todas las capas de ropa que tenía, además del gorro y la bufanda de lana que le
había hecho su madre. Sin olvidarse de coger el zurrón y la concha de mar que
ella le había regalado, se hizo con una linterna de gas, se abrochó la capa y
se puso la capucha antes de salir.
El viento era más fuerte de lo que
parecía desde el cálido interior de su casa, y la lluvia era tan intensa que la
luz que llevaba apenas le dejaba ver dos pasos por delante de él, pero eso no
iba a detenerlo; se ajustó la capa al pecho con una mano y con la otra levantó
el faro para ver el camino.
Daniel bajó a trompicones por la
calle empedrada. Desde allí, apoyándose en la barandilla de piedra que evitaba que
los niños más pequeños se cayesen al mar, podia ver las furiosas olas golpeando
contra el acantilado.
No se dirigió al faro, como lo había hecho las últimas veces que
se habían encontrado. Era su guarida secreta, su escondite, y su paraíso. Pero
el faro estaba rodeado de piedras puntiagudas, y el mar estaba muy revuelto.
No, no el faro, pensó, la playa.
Ella no podría acercarse a la orilla, pero podría subirse a las
rocas que se internaban en el mar como una lengua negra que intentaba saborear
la sal, los moluscos y los pececitos que nadaban bajo ella.
Daniel empezó a escalar, con cuidado, y andó con todavía más
cuidado sobre la superficie de las rocas. En la cima eran planas, pero puestas
precariamente una junto a la otra. Algunas se movían con el peso de su pie, y
Daniel rectificaba su paso para apoyarse en una roca más grande, segura y
sólida. Desde donde estaba, las olas que rompían contra las rocas lo chopaban
entero, y la espuma que se colaba entre las grietas de las mismas lo confundía
y las hacía resbaladizas, haciéndole caer más de una vez.
Cuando llegó al final de la lengua, Daniel sacó la concha de mar y
sopló. La primera vez que la utilizó, creyó que estaba rota, o que ella no lo
oiría, pues de la concha no salió sonido alguno. El aire circulaba por dentro,
rápido y ligero, llenando cada rincón con su aliento. Pero no emitía ningún
sonido. Sin embargo, una hora después, ella emergió del agua como una sombra de
agua hecha princesa. Su cola resplandeciendo bajo el agua a la luz del sol. La
concha funcionada, y ella rio al explicarle que no hacía falta que soplara diez
veces, con una bastaba. De modo que Daniel sopó, una, dos y tres veces. Y luego
la guardó en el pequeño macuto que había llevado y se quedó esperando,
temblando de frío, intentando mantener el agua alejada de su cuerpo a base de
ceñirse la capa. Pero ésta estaba empapada, todo él estaba empapado, y sus pies
estaban tan fríos y mojados que no los sentía. Pero valdría la pena. Siempre
valía la pena ver sus ojos, azules como el mar, y su pelo moreno cayendo en
cascadas por su espalda y sus pechos, cubriéndolos. A veces, se lo engalanaba
con perlas del mar y estrellas vivas. A veces, se colocaba algas alrededor de
la cola para adornarla. Ella decía que la hacía nadar más deprisa. A veces, no
se adornaba con nada, y a Daniel le parecía la mujer más bella del mundo. Salvo
que no era una mujer. Era una sirena.
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